sábado, 9 de mayo de 2015

Al otro lado del glory hole

Hacía meses que no pasaba un viernes en soledad en mi querida Barcelona. Maria estará fuera todo el fin de semana por cuestiones de trabajo, o eso es lo que me ha contado. A medida que se acercaba la hora de salir del despacho mi modosito proyecto de fin de semana de lectura y reposo en casa se iba enturbiando. Casi sin darme cuenta había activado todas mis redes sociales golfas, rastreado la oferta de putas de erosguia y chateado con amigos varios de nuestro querido sub-mundo golfo. A las 22:00 me encontraba delante del vestidor escogiendo el disfraz adecuado para mi plan noctámbulo. Algo sobrio, clásico e incómodo, pero éxito asegurado: americana, camisa y pantalón tejano. Casi no me reconocía: debe hacer años que no me pongo una americana fuera del horario laboral. Parecía un pijo repelente de los años 90, precisamente lo que quería aparentar.

En este mundo del golferío siempre he sido un tío solidario. Casi una ONG del vicio. La proporción de hombres y mujeres que se han follado a Maria con mi beneplácito dejan en anécdota la cifra de las que me he follado yo. Maria no sabe decir que no, y a mí, que no soy nadie para decidir sobre ella y sus actos, me cuesta negarme a verla bien follada. Acabaré siendo un tierno voyeur. Así que, harto de ir de putas en mis aventuras solitarias, decidí que debía reclamar la cuota de solidaridad que siempre he tenido con los demás y acercarme a un club swinger como nunca había hecho: como chico solo. De ahí mi indumentaria. Sé por experiencia que la edad media de los swingers suele estar sobre los 40 así que, por cálculo de probabilidades, escogí el look que podía tener mejor aceptación. Defecto profesional.

A Uhomo sólo he ido dos veces con Maria. Una de la que no quiero acordarme y otra de la que, por más que lo intento, no tengo el más mínimo recuerdo. Tan sólo sé de la tremenda resaca del día siguiente y de un manchurrón de semen en la camiseta que había vestido aquella noche. La leche no era mía, me lo confirmó Maria. Perfumado, con dos gin-tonics en el cuerpo y una cena frugal me acerqué al local. 
Pagando la entrada, notando el zumbido de los bajos de la música en interior del local, me sentí como un adolescente de caza en la discoteca un domingo por la tarde. La chica del guardarropía me miró de arriba abajo, sin pudor, como el segureta del aeropuerto que te hace pasar por el arco detector de metales. Incluso se alzó de su taburete para ver mi calzado. La encargada era de lo poco que recordaba de nuestra primera vez en el local, una chica encantadora, de un aspecto agresivo, pero dulce en el trato. Aquella noche fantaseé con ella y con Maria, nos encantó a los dos. Por desgracia aquella noche, a parte de ella, no había más que tres parejas no muy recomendables. Tras consultar en voz baja con un chico de seguridad, grandote y alto, la chica sonrió y me dio unas indicaciones con voz edulcorada. Nada que no supiera de mi experiencia al otro lado.

El local estaba muy oscuro, no lo recordaba así, tuve que acostumbrarme para llegar a la barra. La música sonaba con nitidez y calidad, cosa rara en la mayoría de clubs, y un dj joven se entregaba a su oficio con ganas. Había bastantes parejas en la pista, bailando y en los sofás. Recordé las indicaciones de la encargada y permanecí discretamente resguardado en la barra. Tan sólo éramos cinco chicos. Enseguida entablé conversación con uno de ellos, de ventipocos, delgadito y de aspecto pulcro como un cirujano. Por lo visto no resulta nada fácil franquear la entrada del club como chico solo. Según me explicó mi colega yo era el único desconocido, ellos cuatro eran habituales del local. No quise preguntar si habían pagado los treinta euros de la entrada. Volvía a mi mente el recuerdo de las discotecas de tarde para adolescentes, siempre me tocó pagar. Mi locuaz amigo me repitió las normas del caballero solitario en el club swinger y procedió a darme algunos consejos más, de su propia cosecha porque "se te ve buena gente". Lo cierto es que debía tener una gran intuición pues apenas había abierto la boca. Los otros tres hombres empezaron a desaparecer, buscando la pole-position en las zonas que tienen asignadas los chicos en el local, la jaula y el glory hole. Me sorprendió que del trío restante uno fuera un tipo de unos cincuenta años, una tanto ajado. De los otros dos, uno era un negrazo, que seguro triunfaría en la noche, y el otro un chico joven musculado, bien afeitado y mejor peinado, que podía pasar por un futbolista de éxito: un ramillete variado donde escoger.
Mi compañero de barra seguía con su cháchara y su copa, atento a un diálogo del que yo solo participaba con gestos de mi cara, vocablos tipo "ya" y "claro" afirmaciones breves y alguna que otra sonrisa.
-Tu vas de coca? -mi pregunta pareció incomodarle al principio, pero la evidencia se encargó de responderme.
-Sólo me tomo una puntita, ya sabes para aguantar más. Aquí es raro el que no se mete un poquito. Entre las parejas y entre los tíos solos -su certeza me sorprendió pues, aunque no dudo de los hábitos drogatiles de algunos swingers, siempre he tenido la percepción de que era algo minoritario. -Aquí hay mucha farla y mucho Viagra, ¿cómo si no va haber tíos que aguantan una hora de reloj bombeando como cabrones? yo con un cuartito de Viagra tengo rabo para toda la noche.
De un bolsillo de la chaqueta sacó un paquetito envuelto en papel film con los restos de una pastilla de Viagra recortadita por los extremos.
-Con una de estas tengo para casi un mes.

Viendo el cariz que tomaba la conversación, decidí apurar la copa y moverme hacia la zona de combate. Tengo un curioso magnetismo para la marginalidad, aunque en este caso no pude comprobar si mi interlocutor representaba la excepción o la norma entre los hombre solos del mundo swinger. Tampoco me apetecía comprobarlo.

Me sorprendió la cantidad de parejas que llenaban el local. Nada que ver con mi primera visita. Como ya os he dicho no puedo comentaros como estaba en la segunda. Sentí nostalgia de no poder estar con Maria entre aquella marabunta. Había de todo y muy apetitoso, para todos los gustos. Parejitas jóvenes y maridos maduros exhibiendo a sus deliciosas señoras, arregladas para la ocasión. Disfruté con la vista de un par de señoras con medias, botas y corset. Sin perder más tiempo me acerqué a la zona de la jaula.
Había movimiento en la zona de guerra. Entre la oscuridad y mi miopía no podía discernir muy claramente lo que veía, pero intuía carne, piel y mucho placer. Oía la sinfonía de gemidos en la distancia y mi polla se empezó a hinchar. Entre los cuerpos vi al cincuentón con el que rivalizaba como hombre solo, recibiendo una mamada soberbia de una mujer regordeta que se afanaba sobre su polla. Ladeaba la cara y el gentil cincuentón le apartaba el pelo para que el marido disfrutara de una inmejorable vista de las artes de su señora. Mi nostalgia seguía creciendo y también cierta envidia. No daba un duro por el cincuentón y allí estaba siendo devorado. Entre las sombras vi a mi otro rival, el guaperas con pinta de futbolista gay, que se masturbaba lentamente atento al juego de las parejas. Vi que si tenía éxito no sería por sus atributos: al pobre efebo le faltaban algunos centímetros de personalidad.

Pasado un rato en el que las parejas no nos prestaron la más mínima atención a los enjaulados, y envidiando ya sin reservas al cincuentón que pasaba de hembra en hembra, decidí acercarme al glory hole, buscando algo de solidaridad de la que yo tantas veces he hecho gala en estos recintos.

Si el local era oscuro el glory hole casi requería usar un frontal de minero para no tropezar. Allí estaba el negro, confundido en la falta de luz, observando como una pantera por uno de los agujeros. Me animé a hacer lo mismo. Una pareja estaba a escasos metros de la pared agujereada. El marido hablaba al oído de la chica. Ella no quitaba ojo de la pared, sonreía y se frotaba excitada con su compañero. El negro se bajó los pantalones y metió su pollón aun semi flácido por el agujero, como el pescador que pone su mejor cebo en el anzuelo. La pareja se acercó un poco más, sin deshacer su abrazo. La mujer, de unos cuarenta años, vestida sólo con una mini falda negra, medias y sujetador del mismo color, pajeaba a su marido con los ojos entreabiertos mientras le escuchaba excitada. Imité a mi rival y metí la polla por el agujero, atento a la competencia. Noté la caricia suave de la mujer y me esforcé por ver que ocurría sin sacar la polla del orificio, ni herirme con algún rozamiento inapropiado. La chica estaba recostada en la pared y tenía en una mano la polla del negro y en la otra la mía. Su acompañante estaba sobre ella, a escasos centímetros de de la pared. Oía perfectamente como excitaba a su mujer.
-¿Con cual vas a follar puta?... ¿con cual me vas a hacer cornudo?- el hombre hablaba a media voz, casi susurrando.
-¿Cual quieres tu, cornudo?... ¿no me puedo follar a los dos? - preguntó con un tono burlón, infantil, que encendió a su marido.
-Venga puta, que después te limpiaré el coño bien follado.
Es sorprendente como se ha expandido el movimiento cuckold por el ambiente. Lo que antes podía considerarse una rareza ahora está presente en el ambiente casi por mayoría. A los hombres les encanta ver como disfruta su mujer, todos quieren tener una puta, una golfa, una reina del porno en la casa. Me encanta. En cambio no acabo de llevar del todo bien las conversaciones sacadas del doblaje de una película porno del viernes noche en el plus. Es tan sólo una observación, esta pareja no tenía nada impostado, eran puro morbo. Noté como la chica soltaba mi polla y pensé que era el preludio de una mamada. A mi lado escuché gemir a mi rival que se arrimaba al agujero para sacar más trozo de su pollón, ya totalmente armado. Miré como pude por el agujero y vi a la mujer entregada a una mamada frenética. Su marido estaba en cuclillas a escasa distancia de la escena.
-Chúpasela al negro, cómete el chocolate, ya verás como te pone fina el negro, ¡que polla tiene el negro! ¡Te va a dar café con leche!
Con la decepción del momento, escuchando como jaleaba el buen hombre, me replanteé mi observación sobre la sensualidad de la charla de la pareja. En cuanto la mujer se había aplicado a la mamada el hombre se había entregado a su fantasía de porno casposo. Me fui de allí odiando al negro y al marido que subía los decibelios diciendo.
-¿Mirad como la puta se la chupa al negro! -no sé porque vino a mi mente Georgie Dann.

LLevaba ya unas horas deambulando por el local y había agotado ya dos copas. Muchas parejas me miraban morbosas, pero se entregaban a sus juegos. No nos olvidemos que muchas parejas acuden a clubs para jugar sólo entre ellas. El resto de asistentes no pasan de ser atrezzo para sus fantasías. Volví a la zona del glory hole y allí seguía el negro. Ahora dos mujeres le chupaban la polla. Los maridos se masturbaban viendo la escena. Por lo visto ya había dado cuenta de la pareja anterior y parecía tener cola para su apéndice. No quise meter mi polla en la escena: aun creo en la estética y creo que le hubiera fastidiado el momento a aquellos hombre que disfrutaban viendo a sus chicas compartir miembro.
De nuevo en la zona de la jaula. El cincuentón seguía al lío acompañado ahora del futbolista metrosexual de polla escasa. El maduro debía llevar una hora y media si parar. Recordé a mi compañero de la barra y sus palabras sobre los artificios químicos de los swingers. Ni rastro de él, se había esfumado. Resignado me apoyé en los barrotes y me empecé a masturbar. Una pareja se acercó a mi y la chica pareció invitarme a unirme ¡Por fin! me preparaba para entrar cuando escuché al marido que, sin mirarme, le decía a su chica sujetándola por el brazo.
-Ni hablar, tu no me has dejado estar con la rubia, así que si quieres algo, fóllate al negro, al pijo ni hablar. Lo habíamos hablado Nuria...
La muchacha besó al marido en el cuello y cogiéndolo de la mano lo sacó de la zona de camas, con destino a coger turno en el glory black hole.

Me planteé si valía la pena apurar algo más mis opciones, acabar la paja o irme del local. Recuperé mi americana y saludando amablemente a la encargada me vi con cierto ánimo para intentar algo con ella. Que malo es ir caliente delante de una persona que está por su trabajo. Respetando su profesionalidad salí a la calle. En la puerta me crucé con una nueva pareja que acudía al local en un estado de embriaguez considerable. Ella era una preciosidad rubia que me recordó enormemente a mi añorada Maria, él un joven atractivo de pelo largo y barba, los dos con clase y morbo. Me replanteé entrar de nuevo y probar suerte, pero me los imaginé sacando turno donde el negro. Resignado me dirigí a las Ramblas en busca de alguna negra que me la chupara. Inversión de roles lo llaman. No me costó escoger, barato, simple y efectivo. Veinte euros por una mamada a pelo en el portal de una casa. Casi lo mismo que me había costado entrar en el local. Creo que la próxima vez que esté sólo volveré a mis viejas costumbres puteras.

  

sábado, 7 de marzo de 2015

Marcha atrás

No me imaginaba yo que mi post les iba a obligar a dar marcha atrás a los señores de Google. Viendo el poder que tengo en mis manos voy a aprovechar para pedirles una subvención de un par de millones de dolares para seguir golfeando, evidentemente con un interés científico y altruista. A ver si cuela.

Os cuelgo em precioso mail que me han enviado mis buenos amigos de Mountain View.

Estimado usuario de Blogger:
Esta semana recibiste un correo en el que te explicábamos algunos cambios que estábamos haciendo en la Política de contenidos de Blogger. En él anunciamos un cambio en la política sobre pornografía del programa: los blogs que distribuían imágenes sexualmente explícitas o representaciones gráficas de desnudos debían hacerse privados.

Hemos recibido muchos comentarios sobre este cambio en la política que afecta a blogs consolidados y sobre el efecto negativo que tendría para las personas que publican contenidos sexualmente explícitos como forma de expresión de su identidad.

Os agradecemos vuestros comentarios. Hemos decidido que no vamos a hacer este cambio y que vamos a conservar nuestra política de antes (http://www.blogger.com/content.g).

Qué implica esto para tu blog:
Sigue prohibida la pornografía con fines comerciales.
Si tienes contenidos pornográficos o sexualmente explícitos en tu blog, debes activar la configuración de contenido para adultos (https://support.google.com/blogger/answer/86944?hl=es) para que se muestre una advertencia.

Si no tienes contenidos sexualmente explícitos en tu blog y cumples el resto de la Política de contenidos de Blogger (http://www.blogger.com/content.g), no tienes que modificarlo.

Muchas gracias por enviarnos tus comentarios,

El equipo de Blogger

© 2015 Google Inc. 1600 Amphitheatre Parkway, Mountain View, CA 94043 (EE. UU.)

sábado, 28 de febrero de 2015

Censura

Parece que la primera entrada de 2015 va a ser la última del blog. No porque yo quiera sino porque la buena gente de Google ha decidido censurar los blogs con contenido erótico- porno-festivo-sexual. Me imagino que deben ver el enorme tráfico que tienen este tipo de blogs, que les generan más trabajo que dinero, y han decidido censurarnos para limpiar sus conciencias yankis. No voy a ser demagogo y decir que si este blog tratara de armas, guerra o religión no me censurarían. No soy de defender causas perdidas, además, todos sabemos que es más nocivo ver una felación que una decapitación, verdad? No seré yo quien le quite la razón a los señoritos millonarios de Google.

A todos los golfos de blogger nos han dado un ultimátum para adecuar nuestros contenidos a las nuevas normas o pasaremos a pertenecer a una especie de blogs siniestros sólo existentes para invitados. Aprovecho la ocasión para daros mi mail anemak74@gmail.com por si queréis seguir pecando y visitar el blog como invitados. Lo que no voy a hacer es revisar el blog suprimiendo lo que pueda ser sancionable, más que nada porque no me da la gana.

Después de tantos años, de producción más bien escasa, no me voy a engañar, quiero daros las gracias a todos los que alguna vez os habéis pasado por aquí, a los que me habéis criticado, a los que os caigo como el culo, a los que os habéis masturbado con nuestras historias, a tí, que sé que te follaste a Maria mientras yo estaba exiliado, a tí también, que te negaste a aparecer aquí, a todos los que os he negado conocer este blog cuando hablábamos de él, a algunas chicas con las que he follado gracias al blog y a las que no he podido llegar a pesar de él, a mis musas, ellas saben quienes son, a todos los que alguna vez os he faltado, tengo algún que otro cargo de conciencia, qué le voy a hacer, a tí que viste que hablada de tí sin tu permiso y no me has vuelto a dirigir la palabra, en definitiva a todos lo que en algún momento habéis tecleado mi dirección o a los que buscabais consejo sobre como hacer vuestro blog y os aparecieron las maravillosas tetas de Maria en pantalla, si, sé que tardastes en cerrarla, leíste un poco y te gustó, lo sé golf@.

Espero mantener el contacto con los más fieles y desearos litros de amor, kilos de fluidos y sobre todo mucha, mucha libertad.



lunes, 8 de diciembre de 2014

Yo confieso

La cosa va de confesiones. Confesiones en el sentido más cristiano de la palabra, de paso previo a purgar nuestros pecados mediante la penitencia. Con la Navidad acechando entre las farolas de nuestros pueblos y viendo cada veinte minutos al yonki que busca el décimo de lotería en el bar de Antonio, algo en mi interior se ha removido. He decidido contaros un secreto. En cada post os he contado algo escondido, normalmente aventuras que no me avergüenzan. Lo que os voy a explicar a continuación no tiene nada de lo que sentirse orgulloso, pero confío en vuestra absolución.
Perdí la virginidad dos veces, dentro de la heterosexualidad, separadas ambas por años y kilos de desvaríos. Sólo Maria sabe lo que os voy a contar. Busqué la redención contándole, sin mirarla a los ojos, el episodio que os voy a relatar. No la obtuve. Se levantó y me dejó ante un capuccino frío y los restos de las tostadas del desayuno.
Los que rondamos la cuarentena tenemos el defecto de asociar nuestra juventud a la Movida, a los ochenta. Aquella época nos quedó lejana, pero algo de su magia y buena prensa hace que nos guste su recuerdo. A pesar de ello la mayoría de las cosas importantes de nuestras vidas sucedieron en otra década aún por reivindicar. Una decena de años llena de ideas difusas, repleta de promesas sobre las que planeó la sensación de un fracaso inevitable. Hablo de los maravillosos años 90. Muchos hicimos equilibrios por manejar una vida decente durante el día, como estudiantes responsables, y una faceta descontrolada durante las noches del fin de semana. Eliminaría tantas cosas de esos años que no dejaría semana si un borrón en el libro de mis recuerdos.
Por aquel entonces muchos salíamos de casa el viernes o jueves y no volvíamos hasta el domingo a la noche, aunque en nuestra vivencia no fuéramos conscientes de las horas o los días pasados. Todo ocurría entre paredes, bajo luces y flashes, envueltos en humo y delirio. Tan solo veíamos la luz del sol para trasladarnos de una discoteca a otra a cientos de kilómetros en una ruta que se hizo tristemente popular. De mis compañeros de correrías no conservo a ninguno. El entierro de uno de ellos puso la señal que diversificó nuestros caminos. No nos hemos vuelto a ver.
Nunca fui de discotecas. Siempre me sentí más a gusto cuando se montaba alguna fiesta en casa de algún conocido o desconocido (la droga hace extraños compañeros de batalla) o en alguna masia o nave industrial abandonada. Tiempo más tarde las llamaron "raves" 
Entre mis compañeros de fechorías destacaba Lucas, que a pesar de su nombre bíblico es de los personajes más siniestros que he conocido. En aquella época nos surtía de todo tipo de drogas. Blandas o duras, todo estaba a su alcance. Al principio aceptó ese rol sólo entre los camaradas pero con el tiempo fue ampliando su campo de operaciones hasta convertirse en un pequeño camello de los aparcamientos de las discotecas. Siempre andaba liado con varias chicas que buscaban más su mercancía que su compañía. Recuerdo que en su tarifa incluía cuatro pastillas por una mamada en el coche. Esa promoción sólo era aplicable a la primera que la solicitaba y esta normalmente solía ser Sonia. Yo por aquella época debía tener 16 años. Aún no había follado. Me habían pajeado, chupado y hasta metido un dedo en el culo pero aún no había perdido la virginidad. No sé como me mantuve virgen en aquel entorno. Quizás esperaba algo parecido a un momento romántico. No fue así.
Unos conocidos habían preparado una fiesta en una casa de payés abandonada. Lucas se encargó de preparar uno de sus celebres potajes. En una olla vertíamos ginebra, ron, licor 46 o cualquier otro licor y algo de Coca Cola en una especie de tisana para salvajes. A continuación metíamos en el brebaje todo lo que lleváramos en los bolsillos, coca, speed, tripis, medicinas, aspirinas, saldeva...  de todo. Una vez metimos matarratas ante la teoría de un compañero de que "todo veneno en pequeñas dosis coloca" Recuerdo aquellos colocones con añoranza. La música se volvía densa, podía masticar la luz y acariciar los colores. Los latidos del corazón se sincopaban con la música y todo se volvía borroso, energético, impresionista. Estaba rodeado pero solo. Aislado, asediado por una atmósfera de plasma. Como inmerso en un cuadro de Pollock. Abandoné la sala más grande donde la música amenazaba con tirar abajo las maltrechas vigas de la masía. Y entré en el santuario donde reinaba Lucas el evangelista del ácido.
Sobre un banco de madera apoyado en la pared vi a una chica de las que rondaban a Lucas. Estaba recostada en el lateral del banco y sobre su regazo vi la cara blancuzca de Sonia. La muchacha parecía sostener a Sonia con cariño, le acariciaba el rostro y le apartaba los mechones de pelo. Sonia boqueaba y babeaba en el suelo. Pude ver, entre las oscuridad, el humo y mis gafas psicóticas, que estaba desnuda de cintura para abajo. Estaba retorcida, pero su culo estaba a la vista. Lucas se la estaba follando. Con el ritmo frenético del cocainómano, con esa falta de sentimiento del autómata, con la polla dura y fría untada en farlopa. Me quedé un rato mirando la escena mientras acompañaba el ritmo de la música y las embestidas de Lucas con mi pie. La muchacha que sostenía a Sonia como una especie de Pietà grotesca me invitó a acercarme. 
Lucas me saludó risueño y me empezó a explicar no sé que de la radio del coche, por absurdo que parezca nunca he podido olvidar aquella frase tan banal "que te juegas que el Jordi se ha dejao la radio puesta". Como si en vez de pies tuviera patines me deslicé hacia la muchacha que me empezó a meter mano bruscamente. Me bajó los pantalones e intentó masturbarme si éxito. Lucas seguía follándose a Sonia sin detenerse en su diatriba, sólo oía el runrún de su voz. Ni idea de que hablaba. Se buscó en los bolsillos y le tiró una bolsita con coca a la muchacha. Esta la cogió al vuelo y tras inhalar directamente en un par de ocasiones, se untó los dedos y siguió acariciándome la polla. Entro más gente en la habitación, muchos a pedirle suministros a Lucas que se corrió con un berrido entre charla y charla. Vi como se retiraba del cuerpo de Sonia y salió de la habitación con la polla colgando fuera de los pantalones.
Sonia no se inmutó y por primera vez escuché a la buena samaritana que sostenía a la comatosa "tu no te la follas? a ella le gusta..." Me acerqué al culo de Sonia, acaricié sus piernas y vi su coño húmedo, pringoso del semen de Lucas. Tenía la polla tan dura que en circunstancias normales me habría asustado. En un momento de lucidez rebusqué en mi cartera y encontré un condón de los de las máquinas de los bares. Me lo puse con facilidad aunque recuerdo la sensación del látex en los dedos de manera confusa. No dudé. No miré alrededor. No sentí la sensación de la vergüenza y la deshonra. La muchacha susurraba al oído de Sonia algo totalmente ajeno a lo que pasaba entre aquellas cuatro paredes y tras acomodarme sobre el cuerpo inerte le metí la polla sin esfuerzo. No noté placer, sólo una curiosa sensación de vuelta a casa, de calma. Aumenté el ritmo en busca de un placer que no llegaba. Una pareja que se besaba entró en la habitación sin vernos allí dentro, cuando se percataron de nuestra presencia se quedaron a mirar un rato hasta que se fueron tal como habían entrado, en un arrebato de pasión que yo no encontraba. Busqué los pechos de Sonia pero no podía encontrarlos así que manoseé las tetas de la buena samaritana sin que a ella pareciera incomodarle, es más, creo que no se daba cuenta. Me quité el condón y lo tiré a un lado, dudé viendo el culo desnudo de Sonia pero en el único acto de dignidad de aquella noche, me masturbé hasta correrme sobre las piernas desnudas de la chica.
Me fui directo al potaje piscodélico y bebí de la olla, con las manos. Seguí rondando por la sala horas y horas en un trance que nada tenía que ver con la perdida de la virginidad. Ni asomo de vergüenza. Ni rastro de empatía por mi involuntaria amante. Nada. El fin de semana siguiente volvimos a coincidir con Sonia. Aquella noche se folló a otro par de amigos, esta vez conscientemente. Me ofreció ser el siguiente en participar, pero me negué. Durante meses Sonia fue el juguete de mis amigos y mi aventura se esfumó entre los desmanes de la muchacha. Su actitud hizo que la culpabilidad no se mostrara hasta años más tarde. Tan sólo hice lo que tocaba, lo normal.
Pasado el tiempo, acabada esa etapa oscura, tapié en mi mente el acceso a la sala nebulosa de la masía. Aquello no había pasado, el bochorno me impedía recordarlo. Intenté saber que había sido de Sonia pero hacía demasiado que le había perdido el rastro a todos mis compañeros de correrías. Es curioso qué barbaridades podemos aceptar dependiendo del entorno en que nos movamos. Sólo una cama, unas velas y un amor juvenil me hicieron superar aquella escena dantesca. Quizás por aquel traspiés mi segunda primera vez tuvo todos los ingredientes de una noche romántica. Todos excepto la verdad. No fui capaz de contarle a aquella muchacha que no era mi primera vez. No tuve el valor de contarle que durante un tiempo fui un monstruo. Sólo he podido quitarme la careta con Maria, la única persona que puede perdonarme o condenarme. Ahora también los sabéis vosotros. Seguro que también tenéis algo que olvidar y confesar antes de juzgar a los demás, verdad?

sábado, 27 de septiembre de 2014

Boda pederasta

Siempre he tenido vocación de abuelito. Eso de llevar al nieto a los columpios y comprarle chuches me parece de lo más tierno. Pobre de aquel que no haya podido vivir esa sensación de felicidad plena volando en un columpio, insistiendo al abuelo para que te lleve más y más arriba. Detrás de esa imagen bucólica, no os quepa la menor duda, hay una parte egoísta del abuelo en cuestión. Pocas oportunidades se le presentan a un jubilado en el tiempo de descuento de ver una mejor colección de jóvenes mamis de mirada cómplice con el esforzado yayo. El abuelo, entre empujón y empujón al columpio, no pierde la oportunidad, como el viejo cazador que es, de mirar una nalga, un pecho, o, en una tarde de gloria, unas braguitas mostradas en un descuido. Las mamis bajan la guardia de su arduo trabajo entre semejantes o entre abuelos. No lo olvidéis.
Desgraciadamente para ser abuelo no queda otra que ser padre antes, siempre que no lo remedie algún visionario de la tecnología, aunque tras la muerte de Steve Jobs me cuesta imaginarlo. No tengo espíritu de sacrificio y tengo un punto egoísta que me mantiene lejos de esa responsabilidad. Estas, entre otras cuestiones son las que me mantienen sin hijos, o para se más correctos, en la ignorancia de la paternidad. Cualquier hombre puede ser padre sin saberlo y, como desgraciadamente no todos pasamos por el Sálvame Deluxe, muchos permaneceremos ignorantes de nuestra condición de papis. 

Otro de lo motivos que mantiene a mis espermatozoides como un ingeniero en paro (sin ejercer para lo que se han preparado) es la emancipación brutal de las niñas. Por un lado me estremezco, por otro lado me lamento de no haber nacido en esta gloriosa época en que los niños follan antes de saber conducir. En mi época era al revés, sin coche era difícil llegar a la meta. Me pongo en el papel de esos padres que ven a la niñas salir de casa con los shorts que han agitado las calles este verano y me entran sofocos. A eso viene esta introducción. Este verano pude comprobar ese furor femenino. Aún me dura la resaca emocional.
De las mejores noticias que puedes recibir en verano está la invitación a una boda familiar. Rompe tus planes, olvídate de las playas y las aventuras. Un pariente ha decidido aprovechar las vacaciones para que todo el mundo pueda acudir a su día más especial. El quince de Agosto, marcado en el calendario con rotulador fosforito, amenazaba desde hacía meses. Una de las primas de Maria, de igual nombre, aprovechaba la singular fecha para celebrar una boda de alto copete. Resignado me dispuse a cambiar mis vacaciones anuales por el honor de ser participe de tan alto honor. Maria estaba alterada, esa parte de la familia, adinerada y de alta reputación entre la burguesía de Barcelona, requerían de todo un protocolo fácilmente traducible por aburrimiento. Desde semanas antes a la boda me insistió en que me controlara con bebida y demás. La Maria que me iba a acompañar a la boda dista mucho de la Maria que convive conmigo: debía ser remilgada, abstemia, sobria y cortés con todo el mundo. Yo acepté el trato y me dispuse a actuar como un galán de culebrón hasta la cena. Allí tendría libertad condicional para intentar pasar un buen rato.
Sin avisar a Maria me preparé una petaca de Jagger y aparcados en la calle, antes de llegar a la iglesia, me pegué el primer trago. Mi chica me miró indignada pero, en vez de regañarme, me quitó la petaca y le dio un buen trago al licor de los cazadores. Antes de guardarla en la americana di otro buen sorbo. En ese momento vi por la ventana de Maria como una chica de unos dieciséis años, vestida con un sobrio vestido gris, me miraba por encima del hombro, arqueando una ceja en un gesto de desaprobación que me hizo guardar la petaca apresuradamente. La chica giró el cuello y siguió caminando. Sin duda el arreglado pelo, perfectamente planchado y brillante, recién salido de la peluquería, los zapatos de tacón y el bolsito a juego la definían como invitada a la misma boda. 
Salimos del coche y Maria inició un carrusel de saludos, besitos al aire, gimoteos, falsas añoranzas y reconocimientos mutuos de belleza con amigas y familiares. Yo me limité a poner el piloto automático estrechando cuantas manos se me ponían por delante y añorando mi petaca de licor. Tan cerca tan lejos como tituló Wim Wenders una de sus películas. Conforme nos acercábamos a la puerta de la iglesia el parentesco aumentaba en proximidad. Abuelos, hermanos, primos y la hermana de la novia. Cristinita, quince años de tontería, mojigatería y pijerío embutidos en un horrible vestido rosa que la hacía parecer un chicle de fresa mal masticado. Por todas partes le salían brotes de carne magra, como si fuera una morcilla echada al fuego a punto de explotar. Como se puede tener esa edad y ser así de desparramada? A su lado su antítesis. La niña censora que me había reprochado con un gesto mi chupito de ánimo en el coche. Tenía los ojos muy vivos, como si el resto de su cara ocultara algo que los ojos no conseguían disimular. Miré su escote con disimulo, su cintura, su espalda descubierta, su culo. Esa chica haría sufrir a más de un hombre en su vida. Todo su rostro era armónico, bello, sin ningún rasgo llamativo, salvo sus ojos codificados.
- Esta es mi mejor amiga, Leyre.
- Mucho gusto, son tus padre navarros? - pregunté sorprendentemente cohibido.
- No, por qué?
- Por el nombre. Es típico de Navarra - Maria sonrió confirmando mi afirmación.
- No. A mis padres les gustaba mucho una canción que se llamaba "Lady" pero como no sabían inglés creían que se escribía Leyre, como se pronuncia vamos.
Durante unos segundos no supe que decir, hasta que Cristina empezó a reír y Maria y yo la seguimos por simpatía. Vaya con la niña.
- Perdona tienes razón, era broma. Sí son navarros - afirmó sonriendo cómplice con su amiguita. 
Aprovechando que Maria y su primita se enzarzaban en un cotilleo continuo sobre el vestido de la novia y los arduos preparativos, Leyre me dijo al oído, sutilmente.
- Espero que me invites a un trago de eso que llevas ahí dentro.
- No pienso contribuir a que una niña se convierta en una alcohólica - dije con sorna.
- ja ja ja habló el anciano, deberías empezar a dejar los excesos, a tu edad ya se sabe...
No pude evitar la sonrisa. Aquella chica prometía mucho.
Os voy a ahorrar el coñazo de la ceremonia. El lugar inmejorable: la basílica de Santa Maria del Mar, rodeados de guiris y curiosos. Todo se desarrolló conforme el clásico guión de boda, con emociones varias, llantos, e incluso alguna leve lipotimia de un invitado de la parte del novio que dieron color al trámite. Las mesas se repartieron según estricto protocolo, que como de costumbre, sólo entendían los novios y sus padres. La media de edad de nuestra mesa superaba los cincuenta. Mucho bótox y silicona entre ellas y mucha carencia de pelo entre ellos. Poco me costó entablar conversación con el vecino de al lado. Un empresario de la construcción venido a menos que no había perdido los buenos hábitos y me invitó a unas rayas. Volviendo del baño con mi nuevo mejor amigo vi la mesa en que estaba sentada mi joven amiga. Sentada en la mesa de los niños, destacaba rodeada de Fanta naranja y pollo con patatas. Miraba fastidiada a la mesa de honor en que estaba sentada su amiga y hermana de la novia. No pude resistir acercarme.
- Te lo pasas bién con tus amigos? Leyre no me contestó, me miró con suficiencia y me pidió la petaca. Sin llamar mucho la atención vacié la petaca en su vaso de coca cola.
- No me vayas a denunciar.
Los platos se sucedieron tanto como el vino y los licores. Fui al baño siete u ocho veces con mi nuevo amigo mientras Maria me clavaba puñales imaginarios. Al final de la cena estaba más cerca del Nirvana que de la boda y procuré con todos mis esfuerzos mantenerme lejos de la estirada familia de Maria y de su postiza pose. Me encontré solo en la barra tomando copas hasta que Leyre se acercó a mí. No le costó convencerme de que le pidiera unas copas. He de reconocer que disfruté de su frescura, de su alegría aunque lamentablemente no recuerdo mucho de la charla. Le conseguí unos cigarrillos y la acompañé a la calle a fumar. La miraba embobado aspirar el humo del pitillo. Aún me quedaba algo de licor en la petaca y lo compartí con la niña. Simplemente disfrutaba de su compañía, no pensaba en nada más. Noté que su lengua se volvía trapo y la advertí de que no bebiera más.
Volvimos a la sala y vi como Maria seguía cumpliendo con sus obligaciones protocolarias. Que bien se le da parecerse a lo que se espera de ella, tan lejos de lo que realmente es. En un par de ocasiones me miró alzando el pulgar, gesto que le devolví con complicidad. Leyre seguía flotando a mi alrededor. Tan sola como yo. Me pidió que bailara con ella y no me negué. Se acopló a mi cuerpo, y yo la abracé dubitativo. Ternura, deseo, complicidad? Bailamos juntos mientras algunos nos miraban comprensivos y otros suspicaces. Leyre me pidió al oído si tenía algo de lo que había tomado con mi compañero de mesa. Me había observado y sabía que ninguno de los dos teníamos problemas de cistitis. Se apretó a mi cuerpo. Noté sus pechos, rocé su culo con las manos, observé nuestra imagen reflejada en un espejo y no vi a un hombre y a una niña. Vi a dos personas, a una pareja. Se me puso dura. Leyre no se incomodó. Se apretó más, buscaba notar con su cuerpo mi erección. Yo deslicé mis manos sobre su culo y lo noté duro, deseable. Estuve a punto de separarme, poner tierra y un par de copas de por medio, pero la chica se resistió. Me llevó al centro de la pista donde había más gente y sutilmente pasó su mano por mi polla. Me miró a los ojos y me susurró al oído.
- Parece que no me ves tan niña...

Sin parecer brusco me fui a la barra y pedí otra copa. Leyre me siguió y se recostó sobre mi. Noté como buscaba  contacto y puso su entrepierna sobre mi rodilla, una técnica digna de las mejores fulanas de cualquier casa de putas. Bebió un par de sorbos de mi copa. Vi como sus ojos estaba turbios, afectados por el alcohol, pero seguían mostrando decisión, personalidad.
- Te espero en el baño.
Me encorvé como pude para ocultar el bulto de mis pantalones mientras la vi alejarse hacia los servicios.
- Es vuestra hija? - me preguntó un señor mayor, que recostado en la barra seguía con la mirada a la niña.
- Es una pariente, nada más -
- Será toda una rompecorazones - concluyó el señor sorbiendo un brandy oscuro con pinta de muy caro. Apenas se dio la vuelta. Apuré mi copa y seguí las huellas de Leyre. No era yo, algo que me arrastraba. Busqué a Maria entre los bailarines y no la encontré. Mis pasos me llevaban sin remedio hacia los servicios.
Entré en el baño de las chicas. Una señora mayor se refrescaba en el lavabo. Esperé a que acabara y susurré el nombre de mi perdición cuando la señora cerró la puerta a mis espaldas. La puerta de uno de los baños se abrió y vi como unas braguitas negras caían al suelo, cerca de mis pies. No pensé más. Me acerqué unos pasos y vi a Leyre sentada en el inodoro, con las piernas abiertas. Me apoyé en la pared y la miré a lo ojos. Apartó la mirada pero no cerró las piernas. Mis ojos se recrearon en su coño. Caliente, mojado, ansioso, suave, deseable. Podría haber estado allí horas, días, pero me arrodillé y lamí con una pasada todo lo que pude, desde su culo hasta el poco vello que tenía en el pubis. Me excitó mucho ver su coño depilado y prieto. Mis inquietudes quedaron al margen y me entregué a comerle el coño con todas mis ganas. Intentó apartarme cuando se corrió por primera vez pero, siendo más suave, pude seguir entregándole a mi lengua aquella delicia. Después de correrse nuevamente se irguió y me desabrochó el cinturón. Yo estaba empalmadísimo y la coca me había dado esa rigidez adicional tan negativa a veces y tan buena otras ocasiones. La niña se metió la polla en la boca. Entera. Me la comió saboreándola. No para cumplir. Me pajeó, me lamió por todos los rincones y, lo más sorprendente, me miraba a los ojos, gozando de lo que hacía y como lo hacía. Estaba deseando correrme, acabar con aquello, dejarlo en un recuerdo morboso. Leyre me sentó en la taza del inodoro, se colocó bien la falda y salió al baño. Me dejó allí con la polla apuntando al techo, en la frontera de la fantasía y la realidad. Volvió en breve con un condón que había sacado de la máquina del vestíbulo.

Me sobresalté e intenté disuadirla. Le susurré al oído que debía guardarse para otra ocasión pero su respuesta fue concluyente.
- No vas a tener el honor de ser el primero.
Volví a abandonarme, me enfundé el condón y puse las manos en la cintura de la niña. Se subió sobre mi y se hundió mi polla entre las piernas. Estaba apretada pero tan mojada que no tardé en estar dentro de ella. Se movía con cuidado, con cautela. Sin duda había chupado más de una polla pero no era una gran amazona. Le marqué el ritmo con las manos y empezó a gemir. Tenía las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos y los ojos cerrados, entregada. Busqué sus pechos, su culo, ansioso de tocar, chupar y penetrar aquel regalo. Puestos a pecar mejor hacerlo a lo grande. Lamí sus pezones, pellizqué su culo, acaricié su coño abierto con mis dedos y me corrí cuando deslicé dos dedos en su culo. Al notar mis embestidas ella se aferró con fuerza y noté como se corría empapando mi pubis. Seguí lamiendo sus pechos y permanecimos así durante no sé cuanto tiempo. Oímos la puerta del baño batir en varias ocasiones. Abrir y cerrarse el grifo, el secador y la cisterna del baño. 

Olí su cuello y sentí la suavidad de su culo en mis manos. Volví a acariciar su coño con suavidad. La niña reaccionó con gusto y volví a jugar con su cuerpo mientras mi polla anestesiada seguía en su interior. Volvió a correrse en mis manos mientras gemía sobre mi cuello. Me llevé los dedos a la boca y sorbí con placer. Ella me miró sorprendida, con sus ojos de regaliz.

Salimos de baño separados. Yo volví a la barra y ella se sentó con su amiga. No pude quitarle ojo. Acababa de follar con una niña de quince años y no podía convencerme de que era malo lo que había pasado. Entre los invitados pude ver a Maria riendo, siendo la Maria que conocen en su familia, no la Maria que sin duda hubiera pagado por estar en aquel baño conmigo y Leyre.
Leyre me dio su teléfono - es para que lo tengas, no para que me llames - yo le dí mi número, falseando las dos últimas cifras. Muy a mi pesar no quería volver a asomarme al precipicio. No puedo negar lo que sentí. Me he masturbado volviendo a aquel baño. Me encantaría volver a follar con Leyre, pero algo me dice que no nos traerá nada bueno, ni a ella ni a mí.

Maria te acariciaré el coño después de que leas esto. No podrás engañarme y sabré si te has enfadado o si has lamentado no haber compartido a la niña. No he tenido valor para contártelo hasta ahora. Te enfadas?

sábado, 3 de mayo de 2014

Gymkana

Cuando hace mucho que no escribo, me siento con el portátil en el regazo y espero ilusionado si se produce ese milagro de las musas o de la escritura automática. No me ha pasado nunca. Sabéis los que leéis el blog que no suelo escribir si no tengo algo que contar. Hay otros blogs cuyos autores crean una entrada diaria con temas tan manidos que provocan rubor. No me compensa escribir sobre eso ni creo que a los que os acercáis por aquí os motive mi opinión sobre si prefiero tetas o culos. Seguro que tendría más seguidores si apareciera con más frecuencia pero nunca fue ese el objetivo de este blog. Así que hoy si tengo algo que explicaros.

Alguna vez ha aparecido por aquí mi amigo Gerard. Milagrosamente aun sigue vivo. No sé como lo hace pero es capaz de vivir una semana con una rebanada de pan bimbo, un red bull y algo de farlopa. Hace ya tiempo que yo dejé ese mundo de los picores de nariz. Mi amigo sigue fiel a su cita de fin de semana con todo tipo de excesos. Entre semana, un ejecutivo sin tacha, responsable y ejemplo para sus subordinados. Siempre ha tenido devoción por las putas de cualquier nivel, pero no puede evitar cierta querencia a la sordidez. Algo normal para una persona que vive habitualmente el oropel de las grandes empresas. 
Hacía tiempo que no salíamos juntos cuando apareció en mi casa con su Mini una mañana del mes pasado. Comiendo una bolsa de Doritos entró en el salón saludando quedamente a Maria. Nunca se han tragado. Me persiguió por la casa mientras masticaba ruidosamente. Maria subió el volumen de la tele para no enterarse de nuestra charla. En menos de media hora avanzábamos rumbo a la NII escuchando una horrible playlist con temas reaggeton. Gerard es así. Pasamos unas horas tomando copas en una terraza charlando como lo hacen dos amigos que se conocen mucho y se ven poco. Criticamos, cotilleamos, acuchillamos, añoramos y fantaseamos. Lo normal, lo sano. Tras una par de viajes al baño adiviné como unos cuernos retorcidos, oscuros, malévolos sobresalían de entre su escaso pelo. Me propuso dos juegos. No me explicó las reglas ni su objetivo, sólo me juró que no me arrepentíría. Acepté.

Para la primera parte de la Gymkana debíamos ir a Lloret de Mar. No tengo en mucha estima esa localidad pero Gerard mandaba. No se cuantas veces escuché a Paquirrín hasta que pude poner algo de música decente en el coche. Nada abstracto, Lori Meyers y poco más. Paramos delante de un anódino bloque de pisos de esa arquitectura turística que obedece al "menos es mas": menos coste, más beneficio. Subimos un tramo de escaleras que olían a perro con curry. No a un plato de perro cocinado al curry; olía a perro y a alimentos cocinados con curry. Una puerta adornada con un número dos dorado en relieve se abrió con algarabía y risas. Mi amigo era una personalidad en aquel antro que mantenía el aroma de la escalera; divisé un pastor alemán dormitando en un rincón y olí el maldito curry. La señora mayor que nos abrió la puerta nos hizo sentar en el salón. Parecía rumana. Andaba aprisa hacia la cocina, supongo que a bajar el fuego. Esperé el desfile de las putas, no me esperaba menos de mi amigo. Unos minutos pasaron hasta que la señora regresó con una botella de Fanta limón y dos vasos opacos de tanta vida pasada en el lavaplatos. La señora bajó las persianas y Gerard aprovechó para ir al baño.
Amablemente la señora se sentó a mi lado, me llenó el vaso y me indicó que me relajara. Me sorprendió cuando me metió mano y me agarró el paquete. Casi me indigné. La señora enchufó un aparatoso dvd y una escena porno de una película grabada del canal plus apareció en la tele. Dos muchachas en una terraza de alguna casa californiana que no tenía nada que ver con el lugar en el que yo me encontraba. La señora insistió en meterme mano y me ofreció un porro perfectamente liado que sacó de una cajita de madera. Escuché al fondo del pasillo el sonido de una Playstation al ponerse en marcha e imaginé que Gerard se estaba entreteniendo. Puestos en situación di tres caladas seguidas del porro, me concentré en la película y dejé a la señora que me la siguiera poniendo dura. La marihuana era tremenda y enseguida me relajó. La señora me desabrochó el pantalón, me bajó los calzoncillos y se mostró teatralmente sorprendida cuando me vio la polla. Puro marketing de puta. Cuando pensaba que Gerard me había regalado una experiencia nostálgica en añoranza de  las  pajilleras de las extintas salas de cine X, la señora se introdujo los dedos en la boca y se sacó la dentadura postiza. 
Dí un respingo pero la señora atenta a mi reproche se metió la polla hasta la garganta, sin una arcada, si un quejido. No he sentido nada igual en mi vida. Me succionó como una bomba de vacío. Noté mi polla hincharse como nunca. Creí que me iba a reventar alguno de los delicados capilares que nutrían mi rabo. La lengua de la señora se movía con una virilidad que nada tenía que ver con las arrugas de su rostro. Me pajeaba con maestría, con el ritmo perfecto, no apretaba, no era débil. Me relajé mirando el techo, buscando constelaciones entre los desconchones de la pintura. Preferí no mirar la cabeza canosa de la mujer. Notaba como relamía cada centímetro de mi polla, como se la metía hasta las entrañas. Aumentó el ritmo de su mano y sentí que me iba a correr, intenté advertirla pero ella siguió mamando ansiosa, pajeándome deliciosamente. Me corrí como hacía tiempo,  noté mi polla bombear, no sé de donde saqué tanta leche. Mi cuerpo se arqueaba acompañando mi corrida y la rumana  lamió hasta la última gota. Me dejó la polla limpia y siguió pajeándome suavemente. Acabó de engullir mi semen y sin soltarme la polla gritó "yerar!!" En breve mi amigo apareció con cara de sueño, sonriendo complacido, "te dije que ibas a flipar con la mellada" Me dio el mando de la play y añadió "cambio de turno".
Cuando bajamos del piso me notaba ingrávido, por la corrida y por el porro. No sé que contribuía más a mi estado. Nunca imaginé que una leyenda urbana tuviera tanto de realidad. Era la mejor mamada que me habían hecho en mi vida. No tuve que esperar mucho a mi amigo. Se corrió tan rápido como yo. Aquella señora sabía lo que era ser rentable en el trabajo. En el coche hablábamos sobre la habilidad de la vieja y Gerard me propuso comer algo antes de su segunda prueba.

Nunca me sentó mejor un plato combinado. Una mezcla de huevos radiactivos, bacon plastificado y patatas blandengues, mezclado con un vino infecto con posos que hacían que la botella pareciese una de esas bolas de cristal con su paisaje y su nieve en suspensión. Tomé mis dos primeras y últimas rayas del año y me senté en el Mini de mi amigo. La siguiente parada era Tordera, localidad famosa por tener una prolífica actividad puteril. Gerard me contó su siguiente juego al detalle. La propuesta de mi amigo me pareció tan pervertida que sentí envidia por un cerebro tan lúcido, tan viciosa que me moría de ganas de contárselo a Maria, tan decadente que seguramente me odiaría en algún momento de consciencia, tan divertida que no pude negarme. 

El juego era el siguiente. Yo debía escoger una puta para Gerard y el me escogería una a mí. Iríamos juntos a la habitación y follaríamos uno al lado del otro. La apuesta consistía en que pagaría el servicio quien se corriera más tarde. Las putas no pusieron muchas pegas una vez elegidas. Gerard duplicó el precio y desaparecieron los reproches. El me escogió una negra gorda, malcarada con unas tetas enormes que parecía rescatada de una profunda siesta. Yo busqué y rebusqué entre la vacía sala descartando orgulloso preciosas chicas que me miraban airadas. Al final dí con una chiquilla delgada, ojerosa, escurrida que parecía un personaje de "the walking dead". No pude evitar buscar en sus brazos marcas de pinchazos, pero aquel tugurio tenía cierto nivel, y no parecían ser admitidas yonkis. Sé de la pasión de Gerard por las tetas y mi elección carecía totalmente de esos atributos. 
Nunca he follado al lado de un amigo y la idea no me entusiasmaba, pero lo cierto es que aquello tenía más de competición deportiva que de otra cosa. Nos tumbamos en la cama y la chicas nos comieron la polla hasta que estuvimos en condiciones. Gerard me miraba la polla y se descojonaba diciendo "ahora entiendo porque Maria está contigo" Cuando estuvimos en condiciones les pedimos a las putas que se pusieran a cuatro patas, una al lado de la otra. Os juró que hicimos una cuenta atrás y nos pusimos manos a la obra. con brío. Gerard había errado en su elección; mi puta se humedeció enseguida y colaboró con sus movimientos. Estrujé sus tetazas y su enorme culo y me corrí enseguida dejándola a medio orgasmo. La pobre puta no entendía nada cuando me retiré sacándome el condón lleno de semen entre carcajadas. Gerard me miró y aceleró su ritmo, pero estaba derrotado. Me senté en un sillón y vi con sorpresa como la negra acariciaba a mi amigo y a su yonki en lo que parecía una estampa infernal de un cuadro del Bosco. Supe que había ganado la apuesta pero que me había perdido una buena fiesta. Gerard, genio y figura.
Hubiera deseado no tomar aquella última copa jamás. Se me hizo eterna. La maldita endorfina, el alcohol y el bajón de la coca se empeñaron en mostrarme lo despreciable de nuestra tarde golfa. Algo en mí me empuja hacia situaciones de este tipo, no puedo evitarlo. Con el tiempo he aprendido a controlar la sensación de vacío "post golfeo" y acaba siendo algo llevadero, aunque a veces tenga mis dudas morales. Puta herencia cristiana. Aun así, no os voy a negar que contaros mi viaje me la ha vuelto a poner dura y que cuando se lo expliqué a Maria follamos y nos corrimos como locos. Que le vamos a hacer, al final cada uno es como es.

sábado, 22 de febrero de 2014

Esto es la playa de le Cap d´Agde

No hace mucho hablaba con un seguidor del blog y trataba de explicarle que era Cap d´Agde. Le decía que recordara alguna de sus primeras pajas de juventud, alguna de las fantasías ardientes que le habían llevado a masturbarse a escondidas, bajo las sábanas. Aquella dulce sensación entre el pudor, el pecado, la culpa y el goce descarnado era lo más similar a lo que podía sentir un adulto entrando en ese reino de perversión.

Gracias a mi admirado un hombre libre, ahora en el exilio panameño (no tendrás tu algo que ver con el paro de las obras de Sacyr??? aunque no me prodigue en comentarios sabes que siempre te sigo) he visto este vídeo que puede ilustraros lo que allí se vive y se siente.

A los pudorosos: no lo veáis con vuestras parejas, a los castos: no le deis al play, a los solitarios: ampliad la pantalla y dejaos llevar, a las mujeres de buenas costumbres: esto pasa, es real, no os gustaría pasearos de incógnito entre esas parejas?

Disfrutad o indignaos. Es vuestra elección. Yo elijo la primera opción.



sábado, 25 de enero de 2014

Sonia la vendetta

"Me ha encantado ver que después de tanto tiempo aun me tienes presente" así de provocador empezaba el largo mail que recibí de Sonia, tres años después de nuestro encuentro en los baños de un conocido bar de Barcelona. De las respuestas que recibí a la anterior entrada (os agradezco los mails que me enviáis a parte de los comentarios que colgáis en el blog) la que menos esperaba era la de Sonia. Su vida ha cambiado en estos años y lo que fue un matrimonio feliz se convirtió en una dura separación. No creo que eso sorprenda a ningún lector, el 50% de los matrimonios españoles acaba en divorcio. Tras intercambiar varios mails que podrían firmar un buén par de amigos, unas fotos de sus recién operados pechos, inició el camino que ambos esperábamos. Sonia me reconoció sin ambages que quería resarcirme de nuestra última y única cita. La foto me excitó enormemente, de unas escasas tetas mi amiga había pasado a unos espectaculares pechos talla 100. Me moría de ganas de probarlos.

No fue difícil concretar una cita. Escogí un hotelito cercano al bar donde nos habíamos encontrado en nuestra primera cita. No consideramos oportuno ningún preámbulo, sólo debía indicarle el número de habitación y esperar su llegada. Los días previos a nuestra cita intercambiábamos un mail diario como mínimo. Sonia me enviaba fotos, algunas de mal gusto, que quieres que te diga, pero de todas se deducía que nuestro futuro encuentro estaría abierto a cualquier capricho que se me ocurriera. Le pedí que en la cita vistiera  medias con liguero y un buen conjunto de ropa interior, de cualquier color excepto rojo. También le dije que pasara por un sexshop y comprara una buena polla de látex, a su elección, y lubricante.

Resulta curioso que la anterior entrada hablando de mi amiga Marieta me fuera a deparar un polvo con una chica de la que más bién tenía mal recuerdo. Recibí también, al poco de publicar la entrada, el mail de una buena amiga de Euskadi de la que hacía meses no sabía nada. Como sois las mujeres...

Me puse un albornoz del hotel, lejos del glamour de las películas me iba corto y picaba, pero me pareció lo más práctico para esperar a Sonia tras la ducha. Me había tomado un par de copas en un bar cercano y me había preparado un cubata con los botellines del mueble bar. En la tele, a falta de porno gratis, una partida de snooker en el canal eurosport, terriblemente sexy. Tras esperar media hora, haber apurado hasta los botellines de Larios, me disponía a vestirme y aceptar la lección con una sonrisa en los labios. Toc, toc. Abrí la puerta. No recordaba su cara, podría ser Sonia o cualquier otra, pero era innegable que una mujer sonriente estaba en el quicio de la puerta. La hice pasar, saludó nerviosa. Parecía querer empezar una conversación, pero la cogí de la mano, la lleve hacia la cama y le hice quitarse el abrigo. Se mostró extrañada aunque su gesto no alteró mis propósitos. La hice arrodillarse, me desabroché el albornoz y le metí la polla fláccida en la boca. No empezó a chupar, más bién parecía esperar otra cosa. La ví tan receptiva que a punto estuve de complacerla con una lluvia dorada. Es una práctica que no me motiva nada, pero puestos a satisfacer a mi amiga casi me lo planteé. Un vistazo al suelo enmoquetado me hizo desdecirme. La lluvia dorada plantea siempre enormes problemas de logística.

Agarré a Sonia del pelo y la obligué a chupar. Le aparté las manos para que no me tocara, para nada fue un acto de dominación: la chica tenía las manos frías como carámbanos. Mi polla no tardó en estar dura y disfruté viendo la cara entregada de mi amante. Como le hubiera gustado a Maria verlo. Ya la tenía en el sitio que quería, no recordaba que la chupara tan bién, había progresado en estos años, seguro que no a expensas de su marido. La alcé por los hombros. Seguía empeñada en hablar y yo en lo contrario. La desnudé viendo con satisfacción las medias, el liguero, el tanga y el sujetador que sostenía sus enorme tetas. Estaba muy delgada y había mejorado notablemente en todas las facetas. Le metí una mano bajo el tanga y le acaricié el coño. Totalmente depilado y empapado. Noté un hilito pringoso y estiré delicadamente.  Gocé notando como se dilataba su coño dejando salir una gruesa bola metálica, un poco más y salió otra, a Sonia le flaquearon las piernas en lo que parecía un sútil orgasmo. Ya la tenía si el tanga, con el coño delicioso, expuesto, pero me prometí no caer en la tentación y lamérselo. 

La puse de rodillas sobre la cama, le desabroché el sujetador y, situado a su espalda, le acaricié los pezones, el coño, el culo. Saqué el vibrador recién que Sonia había comprado en una tienda cercana del embalaje. Me gustó el tamaño, le metí un par de dedos en el coño y comprobé que no hacía falta lubricante. Le metía la polla de goma hasta dentro y la estuve follando un buén rato. Sonia gemía absolutamente entregada. Le solté un buén chorro de gel lubricante en el culo y le metí con facilidad un dedo. La chica se reclinó, y la relajación de cuerpo me pidió a gritos que le metiera la polla. Me unté la polla con gel y se la metí sin esfuerzo hasta dentro, me decepcionó tan poca resistencia. Se corrió en poco tiempo, se desplomó sobre el colchón y se hizo un ovillo. La cogí por el tobillo y estiré para separarle las piernas y poder tener el coño a la vista. Sé que no es de muy amo eso de comerle el coño a la sumisa, pero yo no me puedo resistir. Se corrió en mi boca en cuanto añadí a la ecuación el vibrador en su culo.

Levantó una mano pidiendo rendición, pero me tumbé sobre ella y busqué la manera de poderle follar el coño. Pareció resistirse pero conseguí metérsela. Se acomodó enseguida y se entregó con otra corrida. Me pidió esta vez que parásemos, que no podía más. Accedí a tumbarme un instante a su lado pero en cuanto noté su brazo rodeándome el pecho supe que era el momento. Me puse de rodillas, sobre su cara y le volví a meter la polla en la boca. Ella se negó a chupármela, sonriendo y diciéndome con su gracioso acento sevillano "vicioso, un descansillo!" eso fue mano de santo. Me cogí la polla y empecé a pajearme sobre sus enormes tetas. Me excitaba mucho su enorme tamaño, la desproporción, y la seductora cicatriz de sus pezones. No tardé en correrme. Le llené de semen los pechos y la cara. Ella se lamió los labios y jugueteó con sus pechos pringosos. Parecía un gatito sobre el bol de la leche.

Me sentí cansadísimo. En otras circunstancias hubiera reposado para un nuevo asalto, pero no pude evitar recordar nuestra primera cita. Fui al baño y en breve salí duchado y vestido. Me acerqué a la cama donde Sonia desnuda zapeaba entre canales extranjeros y le dije las primeras palabras de nuestro encuentro "la habitación está pagada, toma 100€ para el taxi, ya hablaremos". Enfilé el pasillo para salir de la habitación sonriendo mientras Sonia me dedicaba toda una retahíla de insultos, descalificaciones y adjetivos que me dejaron claro que no tardaría otros tres años en volver a saber de ella.


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